Antaño, durante la era de oro del Priísmo, los tiempos del candidato único, la gente sobrellevaba las elecciones de forma estoica y resignada: cumplía con el ritual de asistir a la caseta, marcaba las boletas correspondientes, salía para que le mancharan el pulgar y regresaba a su casa para ocuparse de otra cosa y olvidarse definitivamente del asunto. No valía la pena detenerse más tiempo en ese tema y existían muchas razones para ello. En principio, se percibía como imposible cambiar la situación, en gran parte por la represión del régimen y, en ese contexto, por la ausencia de medios o líderes para lograrlo (vaya, ni siquiera existía una real oposición en las elecciones pues la lucha por el poder era exclusivamente interna, en el seno del PRI, donde se decidía todo mediante el ya legendario dedazo); también se consideraba la influencia de los gringos y la Guerra Fría, una locura en la que todo el mundo participó de forma voluntaria o no; algunos pensadores hablaban sobre nuestros genes conquistados, condenados a vagar por la posmodernidad como parias siempre agachados. Por la razón que haya sido, pero en esos tiempos se tomaban los comicios como una burla (de hecho había muchos chascarrillos circulando en relación a esta particular circunstancia, que el escritor peruano Mario Vargas Llosa definió atinadamente como “la dictadura perfecta”).
La situación ahora es más grave pero también más esperanzadora. Por una lado, se percibe mayor desilusión y desesperanza (una amargura que nació de la frustración generada por haber vivido en una pantomima perversa durante varias décadas), lo cual es peligroso: los tiempos corren y el hartazgo, el cansancio y el miedo crecen; las condiciones sociales se deterioran; las desigualdad extrema amenaza al país; prevalecen los valores bursátiles mientras la Madre Naturaleza entra en shock; los grandes medios de comunicación se empecinan en mostrar su cara más cínica y canalla; la ciudadanía anda crispada, con la espada desenvainada permanentemente; la delincuencia organizada se vuelve más arrogante y no parece haber salida posible.
Sin embargo, por el otro lado, hay luces que iluminan este sinuoso y espinoso camino. Son estrellas que hablan de que es posible aspirar a un mejor futuro, fincado en una mejor democracia; signos que se refieren a una sociedad verdaderamente informada y participativa, que se interesa por lo que pasa en su propia casa y que es responsable de ella misma.
Esos puntos brillantes surgen cuando más los necesitamos, en medio de la densa y pesada bruma que ha afectado los comicios de 2012, oscurecido el entendimiento de la población y favorecido el ambiente de confusión, miedo, desilusión y desesperanza que prevalece en el país.
Se trata de voces que apuntan al futuro, sin limitarse a los tiempos electorales actuales, al poner en las primeras planas temas cruciales para conseguir una verdadera democracia, en la que se respete el Estado de Derecho, para construir un país que genere oportunidades para las generaciones que vienen, y no que las destruya, como sucede en la actualidad. Movimientos cívicos, apartidistas pero comprometidos con la construcción de un mejor lugar donde vivir, como #YoSoy132, que ha subrayado la necesidad de contar con información fiable para aspirar a una verdadera democracia, o los grupos creados por personas afectadas por los manejos políticos facciosos a los que estamos sujetos cotidianamente los mexicanos, como la corriente social iniciada por el poeta Javier Sicilia que gira en torno a la política de seguridad promovida por el Gobierno Federal, que ha traído consecuencias terribles para la nación.
Son temas que tocan puntos medulares para nuestra “democracia imperfecta”, como se ha calificado al periodo comprendido entre 1994 y 2006, también llamado “el tiempo de la transición democrática”, sin los cuales es imposible avanzar, no únicamente en estas elecciones sino más allá de ellas. Son aspectos que refieren a una Política de Estado incluyente que no se interrumpa al terminar el sexenio.
No es utopía, es historia y realidad: no es posible construir un país sólido y confiable, como lo queremos supuestamente todos los ciudadanos, si seguimos aguantando situaciones como la guerra sucia, las manipulación y los fraudes, los discursos sin fondo, encuestas sospechosas y medios de comunicación mañosos, los funcionarios corruptos o las violaciones sistemáticas a los derechos humanos cometidas contra cualquiera que luche contra esto, precisamente, entre otras linduras que son frecuentes en nuestro ámbito.
Por ello, en este contexto, lo peor que podría pasar, ahora que la votación es un hecho consumado, es que finalmente todo el ruido pre y post electoral lograra desviar definitivamente el centro de la discusión política, enfocada como siempre en la lucha por el poder por el poder mismo (lo que explica la gran cantidad de discursos vacios que ocuparon los espacios destinados a la propaganda electoral, que fueron muchísimos, ufff, ¿quién no quedó agotado con semejante bombardeo?).
La situación ahora es más grave pero también más esperanzadora. Por una lado, se percibe mayor desilusión y desesperanza (una amargura que nació de la frustración generada por haber vivido en una pantomima perversa durante varias décadas), lo cual es peligroso: los tiempos corren y el hartazgo, el cansancio y el miedo crecen; las condiciones sociales se deterioran; las desigualdad extrema amenaza al país; prevalecen los valores bursátiles mientras la Madre Naturaleza entra en shock; los grandes medios de comunicación se empecinan en mostrar su cara más cínica y canalla; la ciudadanía anda crispada, con la espada desenvainada permanentemente; la delincuencia organizada se vuelve más arrogante y no parece haber salida posible.
Sin embargo, por el otro lado, hay luces que iluminan este sinuoso y espinoso camino. Son estrellas que hablan de que es posible aspirar a un mejor futuro, fincado en una mejor democracia; signos que se refieren a una sociedad verdaderamente informada y participativa, que se interesa por lo que pasa en su propia casa y que es responsable de ella misma.Esos puntos brillantes surgen cuando más los necesitamos, en medio de la densa y pesada bruma que ha afectado los comicios de 2012, oscurecido el entendimiento de la población y favorecido el ambiente de confusión, miedo, desilusión y desesperanza que prevalece en el país.
Se trata de voces que apuntan al futuro, sin limitarse a los tiempos electorales actuales, al poner en las primeras planas temas cruciales para conseguir una verdadera democracia, en la que se respete el Estado de Derecho, para construir un país que genere oportunidades para las generaciones que vienen, y no que las destruya, como sucede en la actualidad. Movimientos cívicos, apartidistas pero comprometidos con la construcción de un mejor lugar donde vivir, como #YoSoy132, que ha subrayado la necesidad de contar con información fiable para aspirar a una verdadera democracia, o los grupos creados por personas afectadas por los manejos políticos facciosos a los que estamos sujetos cotidianamente los mexicanos, como la corriente social iniciada por el poeta Javier Sicilia que gira en torno a la política de seguridad promovida por el Gobierno Federal, que ha traído consecuencias terribles para la nación.Son temas que tocan puntos medulares para nuestra “democracia imperfecta”, como se ha calificado al periodo comprendido entre 1994 y 2006, también llamado “el tiempo de la transición democrática”, sin los cuales es imposible avanzar, no únicamente en estas elecciones sino más allá de ellas. Son aspectos que refieren a una Política de Estado incluyente que no se interrumpa al terminar el sexenio.
No es utopía, es historia y realidad: no es posible construir un país sólido y confiable, como lo queremos supuestamente todos los ciudadanos, si seguimos aguantando situaciones como la guerra sucia, las manipulación y los fraudes, los discursos sin fondo, encuestas sospechosas y medios de comunicación mañosos, los funcionarios corruptos o las violaciones sistemáticas a los derechos humanos cometidas contra cualquiera que luche contra esto, precisamente, entre otras linduras que son frecuentes en nuestro ámbito.Por ello, en este contexto, lo peor que podría pasar, ahora que la votación es un hecho consumado, es que finalmente todo el ruido pre y post electoral lograra desviar definitivamente el centro de la discusión política, enfocada como siempre en la lucha por el poder por el poder mismo (lo que explica la gran cantidad de discursos vacios que ocuparon los espacios destinados a la propaganda electoral, que fueron muchísimos, ufff, ¿quién no quedó agotado con semejante bombardeo?).
Por el contrario, y sin importar quién gane, no hay que olvidar que hay mucho por hacerse. Lo primero, sin duda, es ejercer el derecho al voto, valioso por sí mismo. Luego viene la tarea de darle real valor a esa papeleta cruzada, más allá de la estadística, mediante una participación más activa. Porque, sin importar que le interese o no la política no, el mexicano algún día debe considerar dejar de lado la conveniencia, la transa, la mordida, el hueso –no hay que olvidar que, lamentablemente, tenemos los políticos que merecemos, no sólo porque los dejamos, sobretodo porque los emulamos en todos los aspectos de nuestras vidas, es expresión de la sociedad, ¿hasta cuándo?- y dedicarse a construir un proyecto de nación en el que todos quepamos, en un espacio de justicia, paz, orden y prosperidad, en el que la prioridad sea lo que necesite el país y no lo que demanden unos pocos, llámense como se llamen, clases políticas, empresariales o criminales….
Algún día se debe empezar a hacerlo, ¿no? Si no lo hacemos, la bomba podría explotar y, Dios no lo quera, despertar al México Bárbaro que todos tememos.
LES DESEO A TODOS UNOS COMICIOS FRUCTÍFEROS Y TRANQUILOS
SALUDOS
Algún día se debe empezar a hacerlo, ¿no? Si no lo hacemos, la bomba podría explotar y, Dios no lo quera, despertar al México Bárbaro que todos tememos.
LES DESEO A TODOS UNOS COMICIOS FRUCTÍFEROS Y TRANQUILOS
SALUDOS
Ma. CARMEN BLANCA CARRASCO

